¿Me pregunta quiénes son esos enemigos? No sea ingenuo, hombre de Dios. Son los de siempre. Son todas esas moscas que, desde hace años, viven sobre el cadáver de nuestra infelicidad, sobre la tristeza de nuestras soledades. Son los que, como decía el poeta, se complacen filtrando veneno en la sangre de los hombres.

Camí de ronda

Releo una joya de Javier Tomeo, aquella misiva del Marqués que el criado Bautista debe hacer llegar a su enemigo, el Conde de X en El castillo de la carta cifrada. Como tantas veces, la supuesta meta es sólo la excusa para el viaje, que es lo que realmente importa, lo que enseña, lo que cambia a la persona.

En cierta ocasión estuve en Kutching (Borneo) y me recomendaron con bastante énfasis que fuera a una reserva que se encuentra a unos veinte kilómetros de la capital para ver alguno de los pocos orangutanes que todavía sobreviven en libertad. Según aseguraban los locales, a media tarde, cuando el sol se dirige al ocaso, un grupo de orangutanes tiene la costumbre de reunirse a un punto de la selva para comer fruta.

Después de comer, caminé por la zona portuaria hasta la terminal de autobuses y media hora más tarde llegue a la entrada de la reserva. Allí me crucé con un par de médicos chilenos que estaban dando la vuelta al mundo; anduvimos por la jungla hasta el punto indicado mientras me explicaban su periplo y unas cuantas anécdotas. Aguardamos envueltos en el bullicio de insectos y de pájaros durante casi una hora, mascando la humedad y agazapados tras el tronco de unos árboles gigantescos. Escudriñamos durante más de una hora los distintos tonos de verde para detectar algún movimiento; aguzamos el oído tratando de detectar el ruido de las lianas usadas por los primates. No apareció ningún orangután.

Me despedí de los chilenos y deshice el camino. Me crucé con un guarda forestal que me explicó unas cuantas cosas sobre las costumbres de esos animales que -según asegura la leyenda- antaño podían desplazarse de un extremo al otro de la isla sin pisar el suelo, sólo saltando de rama en rama.

Cuando alcancé de nuevo la carretera, llegué al punto donde, supuestamente debía detenerse el autobús que me llevaría de vuelta a Kutching. Veinte minutos más tarde, un muchacho con una motocicleta se detuvo junto a mi. “¿Esperas a alguien?”, me preguntó. El autobús no pasaría por allí hasta las nueve de la noche; de modo que se ofreció para llevarme hasta una terminal de autobuses que había unos kilómetros más allá, mientras me explicaba quien era, qué hacía y cómo vivía. Llegué a Kutching a las siete de la tarde del sábado, un momento extraordinario en el que empiezan a abrir los puestos del mercado del domingo… que en realidad abre desde el sábado por la noche: las callejuelas son un hormiguero de personas y de mercancías frescas; los puestos, colores y olores bajo bombillas amarillentas. Compré unas docenas de mangostinos y cedí a la tentación de llevarme un hermoso durian (en el ascensor del hotel, un cartel informaba que estaba prohibido llevar a las habitaciones el sabroso –y pestilente– fruto espinoso).

Aquella tarde no vi ningún orangután, pero durante el viaje conocí a unas cuantas personas que me hablaron, no sólo sobre los orangutanes, sino sobre cómo es la vida en Borneo. La caminata valió la pena y la supuesta meta fue, en realidad, la excusa que me permitió aprender unas cuantas cosas y conocer a unas cuantas personas.

Recordaba este viaje por Sarawak hace unos días, mientras andábamos por el camino de ronda de l’Ametlla. Un mapa del hotel indicaba que en una de las calas había una antigua torre de defensa, un pequeño castillo. Desde la playa donde estuvimos bañándonos, se divisaba a lo lejos una construcción de piedra, como una muralla, sobre uno de los acantilados. Decidimos seguir el sendero que bordea varias calas para llegar hasta allí, convencidos de que ese era el castillo.

Después de caminar una hora bajo el sol, admirando el paisaje, viendo las manchas turquesa de las aguas poco profundas salpicando el fondo de rocas, conversando y riendo, el supuesto castillo resultó ser el muro protector de una enorme finca escondida entre los pinos.

Así fue como El castillo di Giorgio pasó a ser el símbolo de esas metas inexistentes que sólo puedes valorar si has sido capaz de vivir el camino que te conduce hasta ellas. La frustración suele producirse cuando avanzas pensando el meta y deambulas mecánicamente con las ojeras de cuero que te impiden ver el camino y su entorno.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente.

silla-elmaguey

Antes de ir hasta Ikea para adquirir algunos muebles que necesito, decido releer las Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar. Instrucciones para subir una escalera resulta siempre estimulante.

No se si Cortázar, hoy, escribiría unas Instrucciones para acercarse a Ikea y montar un mueble. En realidad, cuando has pasado un par de veces la prueba de salir exitoso de un montaje-ikea, la cuestión pasa a tener la misma complicación que subir una escalera; es algo casi automático. Aunque se puede complicar para añardir diversión.

Cuando llego a casa con la mercancía (dos sillas, un par de camas, una mesa, una mesita y unos estantes), decido colocar todas las cajas, uno después de la otra, siguiendo las paredes del comedor, de modo que el centro queda vacío. Rompo el precinto de las cajas y las abro por orden.

En el espacio central lleno de nada voy colocando, al azar, las piezas de las siete cajas; luego, en una bolsa de papel del supermercado pongo el contenido de las siete bolsas de tuercas y tornillos, así como las llaves para colocarlos en los agujeros correspondientes. Luego, voy a la playa durante una hora para asegurarme de que he olvidado el contenido original de cada una de las siete cajas.

Al regresar decido empezar a montar los siete muebles, sin mirar las instrucciones, con el objetivo de que no sobre ninguna pieza, meta que alcancé dos días, cinco horas y siete segundos más tarde. La idea de fondo es alargar al máximo el entretenimiento, montar, desmontar y volver a montar al revés, hacer cundir tanto como sea posible los quinientos euros que invertí en mis vacaciones de agosto.

Mañana iré a buscar una mesa de escritorio, un somier -los somiers son piezas muy agradecidas en este tipo de ejercicios- y una lámpara de papel de estilo japonés para colocar en el suelo. Así espero llegar hasta que se termine mi período de asueto.

La táctica no es original; un corredor de seguros con quien coincidí en una de las largas colas del establecimiento me explicó que era el entretenimiento favorito de un pariente suyo. Todo sea por la creatividad aplicada al día a día.

Busqué en Google: “ikeamania” es una palabra que aparece en 645 páginas web. Una de curiosa es la del Traveling Apothecary, un personaje que conoce la manera de curar la ikeamanía. Otra, las fotografías con la palabra clave “ikea” colgadas en Flickr: 150.000 imágenes.

Enlaces de interés:
Para curar la Ikea-manía

Según la profecía, sería el Pueblo del Centro (América Central) quien facilitaría el movimiento de energía desde el sur (el Pueblo del Cóndor) hasta el norte (el Pueblo del Águila), de modo que los dos grupos, norte y sur, volverían a juntarse.

Funeral parlor Paradise

Antes de ir a Guatemala, encuentro el libro La voz de las trece abuelas de Carol Schaefer (Ed. Luciérnaga, Barcelona, 2008). El subtítulo, aunque algo ampuloso, me decide a comprarlo: “Ancianas indígenas aconsejan al mundo”.

Flordemayo, es una sanadora nacida en la frontera entre Nicaragua y Honduras; su voz, como la de otras abuelas, habla de la profecía del Cóndor y el Águila: el pueblo del Águila representa el cerebro, la mente racional y los mundos materiales; el pueblo del Cóndor, el corazón, la intuición y el misticismo. Según la profecía, en el siglo XV los dos caminos convergirían y el águila llevaría el cóndor casi a la extinción, pero 500 años después el cóndor y el águila se reunirían de nuevo, y tendrían la oportunidad de volver a volar juntos.

Y hablando de fechas, de apocalipsis y de paraisos, en tierras mayas es imposible dejar de pensar en el 2012, la fecha en la que, aseguran, se cerrará el ciclo actual para dar lugar a la nueva era.

En las calles de Cuilapa, donde vamos a visitar el hospital y algunos puestos de salud, veo la Funeraria El Paraíso. Poco más allá, según me explica José María del Valle, la NASA determinó que se encontraba el punto central del continente americano. Tierras mayas de colores vivos y humo perfumado; también tierras donde, todavía, los homicidios son la tercera causa de muerte.

P.S.- Leo en La Vanguardia digital un artículo de Xavi Ayén publicado el sábado 26 de julio donde explica que el Consejo Internacional de las Ancianas Indígenas se reune en Barcelona estos días.

Enlaces de interés:
La voz de las 13 abuelas - pdf sobre el proyecto
La NASA establece el centro del continente Americano
Las trece abuelas en Barcelona

Cálculos moderados hacen ascender a más de 2.000 personas, entre hombres, mujeres y niños, los que murieron de manera sublime.

El Sumidero

Fernando Ruiz Balbuena me dice que, si quiero ver algo realmente espectacular de Chiapas, tengo que visitar el Sumidero, el cañón del río Grijalva que llega de Guatemala y, ochocientos kilómetros después, desemboca en el Pacífico tras cruzar el estado.

Allá nos dirigimos esta mañana. En Chiapa del Corzo alquilamos los servicios de una lancha fuera borda de motor potente con la que recorremos más de 40 kilómetros río abajo, por un inmenso cañón con paredes verticales -dicen que de casi mil metros-, que surgen entre la espesa vegetación de la selva. Una falla, fruto de algún violent retortijón sísmico causó la herida.

Tierra de refriegas y muerte. Hace pocos años, la revuelta zapatista contra el gobierno federal dejó atrás cadáveres por ambas partes que, según cuenta la gente del lugar, ni siquiera llegaron a ser noticia en ningún periódico. En 1527, otra mortandad, ésta registrada en los documentos históricos: Cortés mandó a Diego de Mazariegos a conquistar las tierras de los Chiapanecas, al sur del viejo Tenochtilán (el actual México DF), y combatió a los indígenas cerca de Chiapa del Corzo. Sigue la crónica recogida por Hernán Nandayapa en Chiapas y su decisión histórica:

Atacaron los españoles con ímpetu y los indígenas resistieron con firmeza; tuvieron que replegarse hasta la margen del río, donde se hicieron fuertes aprovechando los abruptos del terreno, pues ahí el río Grijalva se precipita por un cañón formado por acantilados de más de 500 metros de altura. Con el río a sus espaldas, y al frente del enemigo, los guerreros Chiapanecas pelearon varios días y, cuando ya no fue posible resistir más, antes de quedar cautivos del conquistador, prefirieron precipitarse desde aquellos agrestes y gigantescos peñones (…) Y no solamente los hombres se precipitaron, sino también las mujeres, quienes primero empujaron a sus hijos mayorcitos y después se lanzaron ellas abrazando a los que lactaban.

A pocos kilómetros del lugar, San Cristóbal de las Casas sobrevive como destino turístico muy concurrido, con sus calles empedradas y sus casas de estilo colonial con grandes ventanales, y patios frescos llenos de vegetación, entre los muros de iglesias de La Compañía y de Santo Domingo –tan habituales en las ciudades de la colonia–. Aquí la confrontación entre lo local y lo de más allá es más ideológica: McDonnals, Burger King o las sucursales del BBVA y del Holiday Inn se ven obligadas a dejar de lado el attrezzo distintivo de sus franquicias y tienen que contentarse con un modesto rótulo apenas visible.


Enlaces de interés:
Noticias sobre el cañón del Sumidero

Con toda seguridad debido a un descuido banal, el abajo firmante no ha recibido ninguna respuesta de la oficina que tan ecuanimemente Su Excelencia Ilustrísima preside, y por este motivo se encuentra en la absoluta necesidad de tener que renovar humildemente la petición.

directo de la huerta

En La concesión del teléfono, Andrea Camilleri retrata un tema tan universal como es la telaraña de los trámites burocráticos a partir de las pericpecias de Filippo Genuardi en la Sicilia del siglo XIX, cuando este ciudadano decide dirigirse a la Prefectura de Montelusa para saber qué debe hacer para obtener una línea telefónica.

En varias ocasiones he tenido que acompañar a personas extranjeras que visitaban nuestro departamento para realizar trámites en la ciudad; aprovechando las tediosas esperas para observar, cierta mañana llegué a la conclusión que, en algunos casos, parece que el objetivo sea suministrar la “mínima unidad de información” posible para responder exactamente la pregunta formulada. Según este planteamiento, la información se va ampliando progresivamente en la medida en la que el afectado regresa de nuevo a la persona del mostrador con un problema que se habría podido solucionar de una sola vez si la información inicial hubiera sido algo más explícita, contemplando lo que queda más allá del interrogante planteado, esa neblinosa tierra de nadie que, cuando ves que se pierden en ella diez personas seguidas, suele ser un indicador claro de que la explicación no ha sido suficientemente clara o completa.

Estos días trataba de mandar un mensaje a un cargo de una organización internacional con quien me he carteado en diversas ocasiones. Sin embargo, esta vez los mensajes volvían a mi buzón de entrada con el fatídico Undelivered Mail Returned to Sender.

Hoy me he acordado de que, tiempo atrás, coordiné varios asuntos con la que ahora es ex-asistente de esta persona, y he decidido explicarle la situación. Cinco minutos más tarde me ha respondido informándome, no sólo de la nueva dirección de correo electrónico de su antiguo jefe sino que, además, me ha comentado que ella misma le acababa de remitir mi mensaje, para ganar tiempo.

Cuando la he escrito para agradecerle la eficiente gestión, me ha respondido una de aquellas frases que parecen la filosofía sencilla sacada del terruño, fruto de la experiencia acumulada durante generaciones; seguro que, en algunos lugares, forma parte de los memes que nos transmitimos los unos a los otros. Me dijo: There are always ways of getting through !!!, o sea, que siempre existe alguna manera de conseguirlo. Positivo, sencillo y, sobre todo, resolutivo. Thank you, Ann!

Si logramos que más mujeres amamanten a sus hijos durante seis meses, se reduciría la necesidad de atención a niños con sobrepeso (…) lo que afectaría positivamente tanto a la incidencia de enfermedades derivadas de la obesidad como al cambio climático.

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Rachel Myr, una comadrona noruega, complementaba en el British Medical Journal de hoy una noticia que apareció en la edición del 14 de junio, en la que se hacía referencia a cómo la lucha contra el cambio climático y el nuevo futuro con escasez de petroleo supondrá implantar cambios en el estilo de vida actual (caminar más, por ejemplo), que contribuyan a reducir la actual epidemia de obesidad.

En opinión de Myr, si se lograra amamantar durante seis meses y se fuera cuidadoso con el uso de preparados lácteos hasta los dos años de vida, también se evitaría el sobrepeso y, al mismo tiempo, se ahorraría toda la energía necesaria para producir los lácteos artificiales, entre otras ventajas.

Llego a casa y me encuentro con un comentario del antropólogo Eudald Carbonell, que augura un colapso de la revolución tecnológica en la que estamos inmersos, y prevé la desaparición de un 10% de la población del planeta. No es apocalíptico: lean Todavía no somos humano (Ed. Quinteto, 2003), un libro clarividente cuyas ideas principales surgen de la observaión de la historia de la humanidad desde su observatorio privilegiado del yacimiento de Atapuerca.

Esta misma tarde me ha llegado un mensaje de una lista de distribución con un artículo del New York Times del 28 de mayo titulado Los ricos tienen hambre; lo firma Amartya Sen, premio Nobel de economía en 1998. Comenta: El reto principal consiste en encontrar políticas eficaces para superar las consecuencias de una expansión económica mundial extremadamente asimétrica.

Creatividad, modificar el concepto de humanidad en el tercer milenio y volver a lo esencial. A veces tengo la sensación de que nos pasa como a aquellas bonitas chatarras de la década de los 50 y 60, aquellos enormes Chevrolet o Plymouth que todavía ruedan por algunas calles de Cuba o de Venezuela: mucha apariencia, pero poco funcionales, caros y, en el fondo, un motor que nos desplaza -exactamente del mismo modo que lo lograba uno de aquellos Seat 600 o Citroën de la época.

Enlaces de interés:
Rachel Myr: Breastfeeding tackels both obesity and climate change
Eudald Carbonell: Los muertos de la revolución tecnológica
Amarty Sen: The rich get hunger

(…) tienes que buscar el ritmo. Todo tiene su ritmo, incluso recoger algodón.

Dune playing Basket case

En 1950, Sonny llega a Harmony -una pequeña ciudad de Alabama- con una guitarra eléctrica. Llegará a tocar en el Honeydripper, un bar con nombre de destilado dulzón que está a punto de cerrar, y encandilará a una población que empieza a aburrirse con el viejo jazz y el blues. Es un momento de alto interés para el nacimiento de lo que posteriormente será el rock & roll. Es el momento de fusión y de creación, igual como lo fue medio siglo antes Nueva Orleans con el jazz.

John Sayles, el director de la película, dibuja esta historia sobre el lienzo realista del racismo en en Sur de los Estados Unidos antes de Luther King, de modo que cuando Sonny llega a Harmony, el sheriff blanco lle arresta y le conduce hasta una plantación de algodón, donde pasa el día llenando enormes sacos con las fibras blancas. Cuando un compañero grandullón y experimentado ve a Sonny agachándose e irguiéndose atolondradamente, le enseña cómo hacerlo mejor: buscando el ritmo adecuado -una frase curiosa pronunciada en una ciudad llamada armonía-.

El choque de dos ritmos diferentes -o no saber encontrar el ritmo de una situación y hacrlo armónico con el nuestro-, genera muchas situaciones que se traducen en lo que denominamos stress.La lectura de Con rumbo propio de Andrés Martín (Plataforma Editorial, 2008), puede dar algunas pistas al respecto.

Trailer de Honeydripper:

Enlaces de interés:
Honeydripper en el Festival de San Sebastián

(…) y mientras esto sucede, suena mi móvil con un número privado.
- ¿Sí? -respondo.
- Buenas tardes. Me llamo Oriol y soy el ayudante del comisario Bélmez.

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Cada mañana, sobre las 6:15, después de comentar los titulares del día, el periodista Jordi Basté hace un alto en el ritmo trepidante que, a aquella hora, amenaza cualquier magazine radiofónico, para leer cuatro líneas de un relato por entregas sobre la vida del llamado asesino de las Geox y un tal comisario Bélmez.

La tradición de la novela por entregas es antigua y fue, durante décadas, la manera de acercar las historias a los lectores que esperaban, a diario o cada semana, el nuevo capítulo que les permitía acompañar a los protagonistas de la historia, seguir escudriñando su vida.

En algunas emisoras, las radionovelas tuvieron un éxito espectacular durante la época previa a la trelevisión y, desde entonces, las telenovelas o culebrones logran unos índices de popularidad extraordinarios, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene.

Hacia 1999 me di cuenta de que uno podía estar al día de cualquier culebrón sin sentarse ni un solo minuto frente al televisor. Bastaba leer las tres líneas de sinopsis que cualquier periódico reproduce en las páginas con la programación del día. En aquella época me movía bastante por la redacción del periódico El Punt en Mataró, y llegué a proponerle a Manel Cuyás la publicación de un inexistente culebrón televisivo que únicamente podría seguirse a mediante la lectura de las sinopsis diarias en el periódico. La idea no llegó a buen puerto debido a problemas de espacio en la sección, y acabó enterrada en algún cajón que, a menudo, es donde mejor están las ideas.

En cualquier caso, hace unos meses descubrí estas perlas del programa de Basté, y me alegré de que alguien hubiera tenido la idea de dar un espacio a microrelatos que, como los átomos al unirse, acaban formando una gran molécula, una narración con personajes que evolucionan en un mundo mitad real y mitad imaginario. Frente a la imparable avalancha de información y a la prisa que el mundo parece tener, se agradecen los remansos, aunque sólo sean novelas en gotas, cuatro líneas bien entonadas acompañadas de una pieza musical que tiene la virtud de dejar que los personajes cobren vida en la mente de cada uno.

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Emisora RAC1 (en catalán)

He emprendido y ejecutado un viaje de cuarenta y dos días alrededor de mi habitación. Las interesantes observaciones que he hecho, y el placer continuo que he experimentado a lo largo del camino, me impulsaban a hacerlo público; la certeza de ser útil me ha decidido a ello.

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Andaba a la busca de material para reflexionar sobre los viajes en la era de los viajes -o sea, sobre cómo evitar que un crucero al paraíso se convierta en una expedición al infierno- y me encontré con este Viaje alrededor de mi habitación del noble saboyano Xavier de Maistre.

Arrestado durante 42 días por haberse batido en duelo en Turín, su condición aristocrática le permitió cumplir el arresto en su alcoba. El Viaje… es, sencillamente, el diario de la introspección durante el confinamiento, un ejercicio de gimnasia intelectual y de creatividad con gran poder de alivio.

No es ninguna obra maestra de la literatura con frases ostentosas, profundas o de belleza sublime. En cambio, si que muestra una herramienta terapéutica notable frente al aburrimiento, frente a la rutina o frente a situaciones molestas: un viaje por los rincones del recuerdo, los más sombríos, los que tienen más polvo, los que están al borde del olvido o los que ya son no-recuerdo.

Mi corazón experimenta una satisfacción inefable cuando pienso en el número infinito de malhadados a los que ofrezco un recurso asegurado contra el aburrimiento y un alivio a los males que soportan. El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna.

Enlaces de interés:
Viaje alrededor de mi habitación - pdf 1er capítulo

Entonces, querido Lucilio, procura hacer lo que me escribes: aprovecha todas las horas; dependerás menos del mañana, si te lanzas al presente. Mientras aplazamos algo, la vida se va. Todo, Lucilio, nos es ajeno; sólo el tiempo es nuestro.

Livraria Cultura-1

En los últimos años, la librería Cultura de la suntuosa avenida Paulista de São Paulo ha pasado de refugio de horas muertas en la megápolis a una cita casi obligada cada vez que viajo a esta ciudad. En la librería Cultura he conocido y he profundizado en las obras de Rubem Fonseca, Patrícia Melo, Machado de Assís, Jorge Amado, Jose Saramago en su lengua original, además de procurarme algunas buenas traducciones de Auster o de Philip Roth publicadas sobre todo en la Compañía das Letras. !Cuántos instantes rescatados del saco del olvido, del saco del tedio!

Esta librería ocupaba varios locales en las galerías del llamado Conjunto Nacional. Era posible encontrar cualquier libro publicado en el país aunque, para ello, tenías que recorrer metros y metros de estanterías en estrechos pasillos. Demasiados libros, muchos clientes y ojeadores, y poco espacio.

El lunes al mediodía tuve una grata sorpresa al entrar en la nueva Cultura. Si antes de la reforma ya era una librería emblemática, ahora es una referencia obligada, como la Sophos de Guatemala, El Ateneo de Buenos Aires o, en dimensiones mucho más reducidas, la 22 de Girona, Robafaves de Mataró o La Central de Barcelona.

Quizás lo más impresionante es el espacio y la disposición de las estanterías. Diría que uno entra en la Cultura como quien se pasea por un bello jardín cualquier tarde de primavera, viendo los colores y las formas de las flores, oliendo la sucesión de fragancias y sentándose en un banco siendo dueño del tiempo, como recomendaba Séneca en la primera carta a Lucilio.

A la una del mediodía hay quien aprovecha un rato de la hora del almuerzo para sentarse en cualquier rincón de la nueva librería Cultura para leer tres páginas del primer libro que se le antoja. ¡Qué delicia!

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