Lun 18 Ago 2008
¿Me pregunta quiénes son esos enemigos? No sea ingenuo, hombre de Dios. Son los de siempre. Son todas esas moscas que, desde hace años, viven sobre el cadáver de nuestra infelicidad, sobre la tristeza de nuestras soledades. Son los que, como decía el poeta, se complacen filtrando veneno en la sangre de los hombres.
Releo una joya de Javier Tomeo, aquella misiva del Marqués que el criado Bautista debe hacer llegar a su enemigo, el Conde de X en El castillo de la carta cifrada. Como tantas veces, la supuesta meta es sólo la excusa para el viaje, que es lo que realmente importa, lo que enseña, lo que cambia a la persona.
En cierta ocasión estuve en Kutching (Borneo) y me recomendaron con bastante énfasis que fuera a una reserva que se encuentra a unos veinte kilómetros de la capital para ver alguno de los pocos orangutanes que todavía sobreviven en libertad. Según aseguraban los locales, a media tarde, cuando el sol se dirige al ocaso, un grupo de orangutanes tiene la costumbre de reunirse a un punto de la selva para comer fruta.
Después de comer, caminé por la zona portuaria hasta la terminal de autobuses y media hora más tarde llegue a la entrada de la reserva. Allí me crucé con un par de médicos chilenos que estaban dando la vuelta al mundo; anduvimos por la jungla hasta el punto indicado mientras me explicaban su periplo y unas cuantas anécdotas. Aguardamos envueltos en el bullicio de insectos y de pájaros durante casi una hora, mascando la humedad y agazapados tras el tronco de unos árboles gigantescos. Escudriñamos durante más de una hora los distintos tonos de verde para detectar algún movimiento; aguzamos el oído tratando de detectar el ruido de las lianas usadas por los primates. No apareció ningún orangután.
Me despedí de los chilenos y deshice el camino. Me crucé con un guarda forestal que me explicó unas cuantas cosas sobre las costumbres de esos animales que -según asegura la leyenda- antaño podían desplazarse de un extremo al otro de la isla sin pisar el suelo, sólo saltando de rama en rama.
Cuando alcancé de nuevo la carretera, llegué al punto donde, supuestamente debía detenerse el autobús que me llevaría de vuelta a Kutching. Veinte minutos más tarde, un muchacho con una motocicleta se detuvo junto a mi. “¿Esperas a alguien?”, me preguntó. El autobús no pasaría por allí hasta las nueve de la noche; de modo que se ofreció para llevarme hasta una terminal de autobuses que había unos kilómetros más allá, mientras me explicaba quien era, qué hacía y cómo vivía. Llegué a Kutching a las siete de la tarde del sábado, un momento extraordinario en el que empiezan a abrir los puestos del mercado del domingo… que en realidad abre desde el sábado por la noche: las callejuelas son un hormiguero de personas y de mercancías frescas; los puestos, colores y olores bajo bombillas amarillentas. Compré unas docenas de mangostinos y cedí a la tentación de llevarme un hermoso durian (en el ascensor del hotel, un cartel informaba que estaba prohibido llevar a las habitaciones el sabroso –y pestilente– fruto espinoso).
Aquella tarde no vi ningún orangután, pero durante el viaje conocí a unas cuantas personas que me hablaron, no sólo sobre los orangutanes, sino sobre cómo es la vida en Borneo. La caminata valió la pena y la supuesta meta fue, en realidad, la excusa que me permitió aprender unas cuantas cosas y conocer a unas cuantas personas.
Recordaba este viaje por Sarawak hace unos días, mientras andábamos por el camino de ronda de l’Ametlla. Un mapa del hotel indicaba que en una de las calas había una antigua torre de defensa, un pequeño castillo. Desde la playa donde estuvimos bañándonos, se divisaba a lo lejos una construcción de piedra, como una muralla, sobre uno de los acantilados. Decidimos seguir el sendero que bordea varias calas para llegar hasta allí, convencidos de que ese era el castillo.
Después de caminar una hora bajo el sol, admirando el paisaje, viendo las manchas turquesa de las aguas poco profundas salpicando el fondo de rocas, conversando y riendo, el supuesto castillo resultó ser el muro protector de una enorme finca escondida entre los pinos.
Así fue como El castillo di Giorgio pasó a ser el símbolo de esas metas inexistentes que sólo puedes valorar si has sido capaz de vivir el camino que te conduce hasta ellas. La frustración suele producirse cuando avanzas pensando el meta y deambulas mecánicamente con las ojeras de cuero que te impiden ver el camino y su entorno.









